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CASOS COMO EL DE SOBEIDA SON USADOS PARA DISTRAER EN TIEMPOS DE GRANDES CRISIS

lunes, 7 de diciembre de 2009 | 0 comentarios

Con sus fusilamientos en crudo de opositores diversos, Ulises Heureaux solía levantar una polvareda inmensa en las aldeas y comarcas dominicanas que entonces eran escasas e inciertas.

Todo lo que hacía el impugnado gobierno denotaba fiereza y astucia en la malamente politizada presencia gubernativa.

Sus publicitarios espontáneos o interesados se encargarían después, eficientemente, de destacar las agudezas anecdóticas y sus habilidades repentistas, que las tenía ese Lilís sensual y mujeriego

Esas habilidades y repentismos sumados a la sagacidad y el escrúpulo político en los bolsillos y en una maleta llena de papeletas le permitieron llegar a presidir sobre blancos y “mulatos” aunque el color de su piel, que entonces importaba, no fuese de ninguno de éstos.

Esta se constituyó siempre, hasta nuestros días, en una seria desventaja que Lilís enfrentó con lo único probable: la represión desnuda.

Para matar el tedio o mantener el énfasis del régimen, la tiranía posterior, la de los 30 años eternos, ultimaba a cualquier ciudadano común que le permitiera dejar sentado el carácter compulsivo y feroz del gobierno.

Joaquín Balaguer, fiel a su condición de hombre de letras, se sintió inclinado a darle un toque personal, además de sostenerse en el carácter represivo en trámite, a esas espantosas veleidades de Estado.

Cuando todavía era un candidato algo oscuro en 1966 diseñó la imagen, puramente casual y ocasional, pero presta al teatro de divertimento de un cura en cuyo sombrero se leía “soltero y sin compromiso.”

El trasfondo estratégico de aquello era en Balaguer la atracción de la jerarquía católica hacia su parcela, meta que logró sin mayores esfuerzos y con un falso escándalo de por medio.

Varios huracanes y una secuela de protestas y tensiones posteriores, elegido y reelegido Balaguer, le correspondieron los momentos protagónicos a una curandera de Barahona, Luciana Peláez.

Esa mujer ocupó la atención del circo nacional durante maratónicas jornadas de suficiencia efectista balagueriana hasta agotar la existencia.

Y mientras, los jóvenes que caían presos y lograban salir con vida narraban acalambradas y espantosas imágenes de represión medieval en las cárceles.



Otros no tuvieron tiempo de decir nada y nunca regresaron al hogar.

Algo sobrecogido por los acontecimientos políticos posteriores a una revolución constitucionalista que diera ocasión al exterminio de algunos de sus protagonistas, exilados otros y ganados unos cuantos más para la causa reformista vigente, Balaguer se procuró nuevamente el sombrero del viejo ilusionista y en una espectacular salida, que no volvería a repetir, procedió a prohibir unos merengues en boga, nombrados con los significativos nombres de La Gotera de Juana y el Guardia con el Tolete.

En la cautiva multitud que Balaguer llamó denotativamente como la indefinida “masa silente” que te promete una cosa y hace otra o que a lo mejor ni siquiera existe pero que suele ser conservadora y fraudulenta, aquél artilugio efectista prendió o pretendió haber prendido.

En el trasfondo de todo, lo que había era una crisis política cuya extensión y nudo grueso, la gente sencilla no entendía.

Había que sorprenderla con telenovelas preparadas aprisa y al calor de las habilidades políticas que proponía la imaginación en un hombre con bastante más de medio siglo de ejercicio.

En otro momento cumbre de la crisis permanente dominicana, Balaguer extrajo de su Caja de Pandora particular al Brujo de Maizal, que apoyaron incluso guardias uniformados.

Las filas sin término de hombres, mujeres, muchachos y muchachas en peregrinación hacia donde el nuevo gurú que administraba una mezcla intragable y tóxica de creolina más otros componentes infernales para curarse de toda enfermedad posible, colocaron la distracción evasiva en primer plano, de nuevo.

Ahora la novedosa distracción es la del fresco rostro de una mujer, Sobeida, en el que se advierten todavía los rasgos rurales -y antes fue Angito, el muchacho perdido entre los matorrales nordestanos, que pretendidamente disparó en Nagua contra el mayor general retirado Juan René Beauchamps Javier dejándolo sin vida en el piso frío de una casa de campo, donde colgaba de una pared el fusil de Francisco Alberto Caamaño Deñó, inmolado en las lomas lejanas, casi solitario.

Siempre y por mucho tiempo ¿habrá la necesidad? de distraer porque esa es una de las proposiciones numerarias de la política.

No disponer de ese recurso cuando la crisis enseña los colmillos que pudieran llamar a otra crisis mayor es no conocer nada de las habilidades circenses con que Roma disimulaba sus tensiones más inmediatas, sus intrigas, sus caídas frecuentes.



Escrito por: Por Rafael P. Rodríguez
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